sábado, 16 de noviembre de 2019

Cena un jueves por la noche

Después de cenar arroz con curry, el mesero me trajo una galleta de la fortuna. La abrí. Vas a morir solo como una rata, decía el mensaje dentro de ella. Los chinos me odian. Dios me odia. El Dios chino me odia y el Jesucristo chino definitivamente odia mis tripas.
Pagué la cuenta y salí. Camino a casa pensé en el Jesucristo chino. Clavado en la cruz, con sus heridas laceradas, su corona de espinas, sudor y sangre recorriendo su sien. Sus ojos rasgados, su piel amarilla.
Muriendo solo como una rata.
Llegué a mi casa y me quedé dormido.

martes, 22 de mayo de 2018

Un cúmulo de cosas trilladas y banales




las ramas se mueven
las hojas caen
el árbol es eterno

el perro sigue su cola
el gato sonríe
el pájaro canta

la jauría corre
la jauria juega
un perro solitario mira

como una mandarina
del árbol de mi abuela
estaba amarga

el viejo televisor
lleva meses apagado
mi negro reflejo (deforme)

en la sala
la pintura de un bosque
siempre es otoño

el nacimiento incompleto
la virgen rota
el niño dios perdido

repeticiones en televisión
el chavo golpea a don ramón
ambos están muertos

abuela está muerta
herede su casa, jardín y perra
el silencio

grietas en las paredes
flores secas y perra enferma
no sé cómo llorar

solo guardar silencio

en el patio
hormigas arrastran
un escarabajo

escribo porque no sé llorar
mi abuela no sabía de poesía
yo tampoco


guardar silencio
las hojas golpean el suelo
guardar silencio

silencio

domingo, 15 de abril de 2018

Her dying words were, “No pain.” Those are good dying words. It was cancer that killed her





“My sister smoked too much. My father smoked too much. My mother smoked too much. I smoke too much. My brother used to smoke too much, and then he gave it up, which was a miracle on the order of the loaves and fishes.





And one time a pretty girl came up to me at a cocktail party, and she asked me, ‘What are you doing these days?’
‘I am committing suicide by cigarette,’ I replied.
She thought that was reasonably funny. I didn't. I thought it was hideous that I should scorn life that much, sucking away on cancer sticks. My brand is Pall Mall. The authentic suicides ask for Pall Malls. The dilettantes ask for Pell Mells.

The public health authorities never mention the main reason many Americans have for smoking heavily, which is that smoking is a fairly sure, fairly honorable form of suicide.

“Here's the news: I am going to sue the Brown & Williamson Tobacco Company, manufacturers of Pall Mall cigarettes, for a billion bucks! Starting when I was only twelve years old, I have never chain-smoked anything but unfiltered Pall Malls. And for many years now, right on the package, Brown & Williamson have promised to kill me. But I am eighty-two. Thanks a lot, you dirty rats. The last thing I ever wanted was to be alive when the three most powerful people on the whole planet would be named Bush, Dick and Colon.”


Vonnegut died two years later of a head injury unrelated to tobacco. So it goes.



martes, 20 de marzo de 2018

Gallina





La gallina esta sobre el gris pavimento, a la orilla, mirada firme sobre la carretera. Autos pasan a gran velocidad por el periférico. Autos compactos, camionetas, autobuses, camiones de carga y motocicletas llevan conductores y  pasajeros ávidos, apurados, deseosos de llegar a sus trabajos, escuela, casa o cualquier lugar que no sea ese, circulando un periférico en hora pico. No hay tiempo para nada, no hay tiempo para reflexionar las elecciones que te llevaron hasta este momento donde avanzas apresuradamente por la carretera en tu automóvil que aun estas pagando, ese automóvil símbolo de tu estatus, de tu valía ante los ojos de los otros. Los otros y sus ojos, siempre acechando en todo lugar, entre las sombras, siempre sonrientes. Amenazando tu cordura, tu tranquilidad apenas sales del confort y seguridad de tu hogar. Ahí están ellos, sacando la basura, paseando al perro, agitando manos y sonrientes, con esos ojos brillosos y muertos. Ojos que no tienen tiempo para observar por la ventana la inquietud absoluta de lo mundano. Si despegaras la vista un momento del camino o de la pantalla de tu celular y observaras por la ventanilla, ahí la verías: una gallina sobre el gris pavimento. Una gallina negra sobre el gris pavimento.
El caucho de las llantas quema sobre la grava, la fricción crea un sonido  que armoniza con el de los vehículos cortando el aire. Ocasionalmente la música emana de los estéreos. Un claxon pita y es repetido al unísono. Alguien grita y golpea enfurecido el volante; alguien más le responde. Otro los observa un par de segundos y regresa a escribir con una mano un mensaje en su teléfono móvil. Hay quien canta en su auto, hay quien hurga su nariz o se muerde las uñas. Nadie observa por la ventanilla a la gallina negra sobre el gris pavimento.
Una gallina esta sobre el gris pavimento. Una gallina negra. Una gallina negra sobre el gris pavimento. La gallina sale de su meditación iluminada por la certeza de que su Yo es indestructible, sustancia integral de la existencia universal, por lo tanto, en el supuesto imposible de que desapareciera, el universo mismo iniciaría un proceso encadenado de aniquilación. Kaput. El tiempo y el espacio llegarían a su fin. Por consiguiente, en total calma, la gallina negra avanza para cruzar el camino. Sin titubear coloca la primer pata sobre el asfalto, infla el pecho, oscuro, rebosante y prosigue con la siguiente pata, firme en la grava. El valor de un guerrero se mide por su arrojo, su bravura ante la terrible adversidad. El guerrero no duda, no hay temor en su corazón. La gallina no duda, la gallina no teme. No lleva más de media docena de pasos nuestra afable heroína cuando llega la primera prueba: un bólido motorizado queda a centímetros de arrollarla. No parpadea, no da paso atrás. No duda, no teme. El ave gira sobre su propio eje, toma impulso y aletea para sobrevolar el piso un par de metros. Al descender una destartalada camioneta que transporta repollos viejos está a punto de impactarla pero la gallina no lo piensa dos veces y repite la misma maniobra evasiva, extiende sus majestuosas alas negras, ganando así otro par de metros. Un bocho está a unos cuantos metros de aplastarla, avanza lo más rápido que su gastado motor se lo permite. Gallina lo escucha, siente la vibración del suelo caliente bajo sus garras. Lo observa acercarse, no hay temor en sus ojos, menos cuando se tiene un destino ya marcado, menos cuando el cosmos juega a tu favor porque son uno mismo cruzando esta carretera. Esquiva a su ridículo adversario con pasmosa gracia. Sus movimientos son armónicos, coreográficos. Danza en esta pista de asfalto como núbil bailarina para deleite de zar en la antigua Rusia. Naves conducidas por necios, ciegos y desquiciados avanzan rápidamente pero son burlados con facilidad por esta noble ave. Es casi una pena que nadie presencie el magnánimo espectáculo, todos en sus naves muy ocupados con las gallinas que se traen en la propia cabeza. Ni un espectador para nuestra pobre gallinita. No que lo necesite, la propia acción es la recompensa. El saberse libre. El probar sus mismos limites; extenderlos. He ahí la satisfacción plena.
O pero queden atentos, no todo es felicidad y verbena, un grupo de motociclistas se acerca a toda velocidad, y se trata de la peor clase de seres motorizados: cobradores, mensajeros y repartidores de pizza. Difuntos en vida, traen a Moloch mismo habitando sus ojos muertos; la lengua negra de fuera y enseñando los colmillos corroídos por una alimentación a base de frituras, gaseosa y cigarros ligeros de caja blanda. Es en este momento cuando gallina siente la fría cuchilla de la duda recorrer su espina. Se sabe en peligro. Levanta la vista, el sol cala en su mirar. Recorre el cielo buscando algo, una señal, que se abran las nubes y aparezca la mano de Dios con el pulgar arriba en señal de buena voluntad; pero no lo necesita. No necesita señales, milagros o al mismo Dios cuando se tiene voluntad, cuando se tiene un destino, y ese destino es llegar al otro lado del camino. Las burdas bestias están prácticamente sobre ella, jadeantes y hediondos. En perfecta parsimonia gallina da paso adelante y paso atrás; a un lado y al otro. Como baile de cuadrilla en pedestre orgia de borrachos en granero. Conoce tu cuerpo y sus movimientos. Estúdialo, disciplínalo. Que el baile sea una expresión de tu ser cuando te mueves por la autopista. Ráfagas de viento y el tosco rugir de los motores la atacan por ambos flancos, pero esta inmutable, concentrada en controlar cada fibra de su cuerpo en gloriosa coreografía hasta liberarse del embate de fierro, caucho y gasolina, terminando su interpretación con una reverencia en mitad de la autopista. Pero apenas deja atrás a la pérfida jauría cuando un autobús escolar le pasa por encima. Se salva de milagro gracias al tamaño de semejante monstruo y que alcanzo a bajar la mollera. Se ha confiado. La apabullante victoria sobre los gandules en motocicleta la colmo de soberbia. Un error. Esto no debe pasar. Menos ser derrotado por tan lamentable monstruosidad repleta de diabólicos duendes babeantes, enloquecidos por el azúcar. Aprender de la falla y rectificar. Ese es el camino a seguir por el guerrero. Voluntad absoluta. Al acercarse a paso firme un auto compacto de modelo reciente y color chillante, conducido por una anémica estudiante de posgrado en amplias gafas, da un paso atrás, toma impulso y se eleva ante el sol como pájaro de fuego. Vuela, contra toda posibilidad física vuela, se eleva varios metros sobre la tierra hasta llegar a solo unos cuantos pasos de la orilla. No hay limitantes lógicos para una gallina con destino. Y he aquí a esta gallina, contemplando tan de cerca el otro lado del camino. El sabor de la victoria le empieza a subir por el gaznate, hasta llegar a la lengua, revolotear adentro del pico, hasta casi disfrutarlo. Dejarse seducir por el dulce canto de la victoria, dejarse mecer por sus cálido torrente de miel; pero no hay sabor más amargo que el del triunfo prematuro, el de creerse ganador antes de tiempo, cuando aún no se lo es, antes de merecerlo.
Una gallina esta sobre la autopista. Una gallina negra a un metro del gris pavimento. Cruza bollas amarillas que se encuentran en su camino. Asfalto pintado de azul. Esta sobre la ciclo vía. Una llanta rodada a 30 pulgadas aplasta por la mitad a su robusto cuerpo. Deja escapar un seco y lastimoso cacareo. La llanta trasera pasa sobre ella. Plumas negras se mecen por el aire en toda dirección. El ciclista no se inmuta, no cae en cuenta de lo sucedido. Hombre de mediana edad, administrador de empresas, dejo su empleo como gerente en gran corporación para poner negocio propio de bicicletas. Defensor incansable del ciclismo como transporte alternativo, amistoso con la ecología. Recientemente convertido al vegetarianismo. Hombre consiente. Nuestro deber es cuidar a la madre tierra. En sus audífonos lleva el audiolibro de El camino del guerrero, de Paulo Coelho. El guerrero no duda, no hay temor en su corazón.
Una gallina esta sobre el camino. Una gallina negra yace tan cerca del gris pavimento. Sangre y tripas expandidas por el asfalto pintado de azul de la ciclo vía. Es el fin de la gallina, el fin del universo. Yace la mirada fija al otro lado del camino.

sábado, 17 de marzo de 2018

Ahí estábamos, por irnos y no.


Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí
—Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión.
   El Sol era un perro de lengua caliente y seca que me lamía, me lamía, hasta despertarme.

Europa, nieve, mujeres aseadas porque no transpiran con exceso y habitan casas pulidas donde ningún piso es de tierra. Cuerpos sin ropas en aposentos caldeados, con lumbre y alfombras. Rusia, las princesas… Y yo ahí, sin unos labios para mis labios, en un país que infinidad de francesas y de rusas, que infinidad de personas en el mundo jamás oyeron mentar; yo ahí, consumido por la necesidad de amar, sin que millones y millones de mujeres y de hombres como yo pudiesen imaginar que yo vivía, que había un tal Diego de Zama, o un hombre sin nombre con unas manos poderosas para capturar la cabeza de una muchacha y morderla hasta hacerle sangre.

domingo, 19 de noviembre de 2017

TRASPIÉ ENTRE DOS ESTRELLAS, César Vallejo




¡Hay gentes tan desgraciadas que ni siquiera 
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo, 
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre; 
el modo, arriba; 
no me busques, la muela del olvido,a 
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír 
claros azotes en sus paladares! 

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen 
y suben por su muerte de hora en hora 
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo. 

¡Ay de tanto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas! 
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes! 
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes! 
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada! 

¡Amadas sean las orejas sánchez,        
amadas las personas que se sientan, 
amado el desconocido y su señora, 
el prójimo con mangas, cuello y ojos! 

¡Amado sea aquel que tiene chinches, 
el que lleva zapato roto bajo la lluvia, 
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas, 
el que se coge b un dedo en una puerta, 
el que no tiene cumpleaños, 
el que perdió su sombra en un incendio, 
el animal, el que parece un loro, 
el que parece un hombre, el pobre rico, 
el puro miserable, el pobre pobre! 

¡Amado sea 
el que tiene hambre o sed, pero no tiene 
hambre con qué saciar toda su sed, 
ni sed con qué saciar todas sus hambres! 


¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora, ... 
el que suda de pena o de vergüenza, 
aquel que va, por orden de sus manos, al cinema, 
el que paga con lo que le falta, 
el que duerme de espaldas, 
el que ya no recuerda su niñez; 
amado sea el calvo sin sombrero, 
el justo sin espinas, 
el ladrón sin rosas, rosas, 
el que lleva reloj y ha visto a Dios, 
el que tiene un honor y no fallece! 

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora           
y el hombre que ha caído y ya no llora! 

¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos! 

domingo, 12 de noviembre de 2017

I Like This. This is Good





Do I have an original thought in my head? My bald head. Maybe if I were happier my hair wouldn't be falling out. Life is short. I need to make the most of it. Today is the first day of the rest of my life. I'm a walking cliché. I really need to go to the doctor and have my leg checked. There's something wrong. A bump. The dentist called again. I'm way overdue. If I stop putting things off, I would be happier. All I do is sit on my fat ass. If my ass wasn't fat, I would be happier. I wouldn't have to wear these shirts with the tails out all the time, like that's fooling anyone. Fat ass. I should start jogging again. Five miles a day. Really do it this time. Maybe rock climbing.
I need to turn my life around. What do I need to do? I need to fall in love. I need to have a girlfriend. I need to read more and prove myself. What if I learned Russian or something, or took up an instrument. I could speak Chinese. I would be the screenwriter who speaks Chinese and plays the oboe. That would be cool. I should get my hair cut short. Stop trying to fool myself and everyone else into thinking I have a full head of hair. How pathetic is that? Just be real. Confident. Isn't that what women are attracted to? Men don't have to be attractive. But that's not true. Especially these days. Almost as much pressure on men as there is on women these days.
Why should I be made to feel I have to apologize for my existence? Maybe it's my brain chemistry. Maybe that's what's wrong with me. Bad chemistry. All my problems and anxiety can be reduced to a chemical imbalance or some kind of misfiring synapses. I need to get help for that. But I'll still be ugly though. Nothing's gonna change that.

                                                                                     +++

The real world?...The real f--king world. First of all, you write a screenplay without conflict or crisis, you'll bore your audience to tears. Secondly, nothing happens in the world? Are you out of your f--king mind? People are murdered every day. There's genocide, war, corruption. Every f--king day, somewhere in the world, somebody sacrifices his life to save somebody else. Every f--king day, someone, somewhere takes a conscious decision to destroy someone else. People find love, people lose it. For Christ's sake, a child watches a mother beaten to death on the steps of a church. Someone goes hungry. Somebody else betrays his best friend for a woman.
If you can't find that stuff in life, then you, my friend, don't know crap about life. And why the f--k are you wasting my two precious hours with your movie? I don't have any use for it! I don't have any bloody use for it.


                                                                                +++


I have to go right home. I know how to finish the script now. It ends with Kaufman driving home after his lunch with Amelia, thinking he knows how to finish the script. S--t, that's voice-over. McKee would not approve. How else can I show his thoughts? I don't know. Oh, who cares what McKee says? It feels right. Conclusive. I wonder who's gonna play me. Someone not too fat. I liked that Gerard Depardieu, but can he not do the accent?
Anyway, it's done. And that's something. So: 'Kaufman drives off from his encounter with Amelia, filled for the first time with hope.' I like this. This is good.

domingo, 5 de noviembre de 2017

¡LIBRE COMO UNA VACA, como una ostra, como una rata!




No querer nada más. Esperar, hasta que no haya nada más que esperar.
Holgazanear, dormir. Dejarte llevar por las multitudes, por las calles. Seguir las
cunetas, las verjas, el curso del agua por las riberas. Recorrer los muelles, rozar las
paredes. Perder el tiempo. Salir de todo proyecto, de toda impaciencia. Estar sin
deseo, sin despecho, sin rebeldía.
Aparecerá ante ti, al hilo del tiempo, una vida inmóvil, sin crisis, sin desorden:
ninguna aspereza, ningún desequilibrio. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras
día, estación tras estación, algo que nunca tendrá fin va a comenzar: tu vida vegetal,
tu vida anulada.

Vives en un paréntesis bienaventurado, en un vacío lleno de promesas y del que no esperas nada. Eres invisible, límpido, transparente. No existes ya: sucesión de horas, sucesión de días, el paso de las estaciones, el transcurrir del tiempo, tú sobrevives, sin alegría ni tristeza, sin futuro y sin pasado, así, simplemente, evidentemente, como una gota de agua que brota en el grifo de una fuente, como 6 calcetines remojados en una palangana de plástico rosa, como una mosca o como una ostra, como un árbol, como una rata.


Pero las ratas no buscan conciliar el sueño durante horas. Pero las ratas no se despiertan sobresaltadas, invadidas por el pánico, empapadas en sudor. Pero las ratas no sueñan y, ¿qué puedes hacer tú contra tus sueños?

martes, 17 de octubre de 2017

Morir en la nieve como Robert Walser





Duermo a pierna suelta 

Duermo a pierna suelta. Creo poder decir que durmiendo soy una auténtica marmota. Por lo demás, me parece conmovedor que a una tal Judith se le antojara, no ha mucho tiempo, declarar lo siguiente: “El tipo besa que es una delicia”. Dedujo esta certeza de los libros que he ido publicando hasta la fecha, libros que su alma buena frecuentaba y de cuyo contenido se empapaba en sus horas muertas para distraerse lo indecible. Que yo siempre había sido un buen ciudadano, le decía en voz baja, con una ternura indescriptible, a la gente, la cual no alcanzaba a comprender la dimensión de estas amables palabras, ni se atrevía a desmentir rotundamente la afirmación y su supuesta trascendencia, ni tampoco a grabarla en los rincones de su conciencia como algo que está fuera de toda duda. Era ella de una belleza brillante, pardusca, que se esfuerza o esforzaba siempre en darme calabazas, quiero decir en lavar mi imagen ante mis conciudadanos, por no decir que la peinaba. Un servidor puede casi sumir a la gente en un profundo sueño, tanto les fatiga el relato de mis cientos de alegrías, con las que espero, grosero como soy, haber causado más de un disgusto a las mujeres de aquí, que son más pálidas y mejores. Oh, cuánto esfuerzo inútil por iniciar relaciones y volver a romperlas al instante, con gallardía, contiene esta suposición. A mí tanto me gusta llegar como marcharme, tanto llenar hasta el tope las maletas y demás como deshacerlas con decoro y suma prudencia. ¿A quién me estoy dirigiendo? ¿Sólo a un público íntegro? Y qué otra cosa voy a contar, si no un paseo realizado con toda la felicidad del mundo en el que abundaban las preguntas como: “¿Acaso le importaría decirme luego, así, rapidito, qué camino debo tomar?”. Y es que es completamente cierto, es decir, total, rigurosa y absolutamente cierto que iba yo abatido por el agujero negro y enorme de la noche de nuestro querido universo, tranquilo, maravillosamente secreto, y que de vez en cuando me salían unas arengas que, desde el estrado del camino rural, dirigía a la mismísima cara de la naturaleza cósmica. “Oh, hay que ver cómo roncas, querido amigo, al lado de esa mujer insuperable, aunque puede que tú no te enteres y lo hagas sin mala intención”, dije entre otras cosas, refiriéndome a un compañero de trabajo, a un hombre infatigable, distinguido, que se pasa el día dando vueltas a sus problemas y que no acababa de comprender por qué había desaparecido yo de manera tan extraña en una fonda para poder acostarme como es debido. La cosa me costó en sueños una puñalada, pues me desperté sobresaltado de lo más profundo de mi pesadilla, lanzando un enorme suspiro, después de lo cual me incorporé de un salto y exclamé: “Como vuelva a ocurrir...”. El dramatismo de mi actuación no fue más allá.

Ay, con qué dificultad me arrastré por la mañana, con el estómago vacío, hasta las delicias de un banquete de miel y mermelada de zarzamora, para, disfrutando del festín, trabar enseguida amistad con la chica para todo, una muchacha graciosísima que llevaba unas trenzas que eran un encanto, hasta que me aguó la fiesta un auténtico paleto, un tipo que se acercó dando zancadas y me puso un espejo delante del rostro para que viera mi cara de faldero, lo cual, como se comprenderá, a mí me tiene sin cuidado. No sin pensar que estaría bien pagar antes el cubierto, me marché con viento fresco, con fuerzas y la panza llena, y llegué, después de salvar una montaña achaparrada, al pueblo de Villmergen, donde antiguamente, aunque a mí me pese, combatieron entre sí los cristianos, que quizás habrían hecho mejor si, en lugar de enfrentarse, hubieran tratado de entenderse y de convivir sin demasiadas hostilidades. ¿Si se dan todavía hoy disputas religiosas con armas blancas de por medio? No lo creo. La humanidad se ha tornado muy sensata. Y más allá, después de pasar junto a ese castillo con cisnes que nadan en las aguas del foso, unas aguas que reflejan la torre del castillo, está Hallwil. Ay, si hubieran visto cómo almorcé en Baden una cabeza de ternera con patatas asadas, y oído cómo una camarera, en Bremgarten, me decía: “Vaya, vaya. ¿Así que quiere marcharse?”. En mi querida Zúrich, fui inteligente y aguardé frente a las puertas de más de un parque. Soy un experto en toda clase de exquisiteces, con ellas me desenvuelvo a la perfección. Aunque ustedes no se lo crean. Con el fin de comprender todo cuanto es comprensible, siempre que es necesario llevo conmigo la comprensión más pesada y a la vez ligera e inmensa, y aún tuve tiempo de darme una vuelta por Zug. A la pequeña ciudad se le humedecieron los ojos cuando al fin —al fin— pudo verme, y puede que mienta un poquito si digo que me estrechó entre sus viejos y fríos, aunque en cierto modo también cálidos, brazos, el suyo fue un abrazo medieval. Entonces metí una perra chica por la oportuna ranura de una hucha que recaudaba fondos en beneficio as de los pobres. Un frailecito tallado en madera llevaba en brazos a un niño pequeño. El hermanito estaba detrás de una rejita muy linda, y por la rejita estuve mirando con gran atención y carita de pícaro durante mucho, mucho tiempo. El lago de Zug se extendía como un manto de seda plateado ante unos ojos, los míos, que han visto, contemplado y asimilado muchas cosas, unos ojos siempre alerta y que se iluminan a todas horas. Comiéndome un salchichón que había comprado en una charcutería, saciado el apetito, presenté mis respetos al lago. Un hombre de pelo cano me mostró el lugar en que hace tiempo se anegaron algunas viviendas, mobiliario incluido, para no resurgir nunca más. Se visitó el ayuntamiento, y diez minutos más tarde, en un restaurante, alguien, o sea yo, se arrimó cariñosamente a una mujer que, vestida de verde, estaba sentada en una silla. Su esposo dijo que no quería presenciarlo y se retiro a la cocina; alguien irrumpió en la habitación revestida de madera y exclamó: “Va usted progresando, es admirable”. “Estará refiriéndose a mí”, pensé. Me sentí terriblemente halagado. “Fritz, pórtate bien o te echo a la calle”, gritó la voz de una criada. “No es posible que se refiera a mí; sería muy descarado”, me pasó por la cabeza. Comparó el cabello de la mujer, que tenía una cabeza griega, con la potabilidad —por no decir con el buqué— del vino, amén de con las nubes rojas y brillantes que había en el cielo, y luego dijo: “Dicen que Lisboa es extraordinariamente bella. Me lo acaba de contar un caballero, y yo lo repito ahora”. “Esta velada —añadí yo— me recuerda a una de esas veladas que he vivido como en trance. Me lo acaba de contar un caballero, y ahora lo repito yo. Uno vive en sus carnes el contenido de las palabras que ha oído, ¿no cree usted?”. Después de contemplar embobado una estufa, acariciar un perro, tutear a una camarera, escribir un poema, abandonar una idea y arrimarme a otra, me senté en un tren expreso que partió traqueteando conmigo y con todas las cosas con razón de ser agitándose en mi fuero interno y todas las nobles obligaciones que aún no había cumplido hiriéndome como un rayo. Está claro que no partió sólo conmigo, sino con todos los pasajeros. Los campos bailaban como una promesa incierta. Me permitirán, y es para mí un placer, subrayar que viajaba en segunda clase. El tren avanzaba como si tirase de él una cuerda, haciendo gala de una pericia que contagió a lo más profundo de mi agitado ser. Pensé en esto y en aquello; pensé, por ejemplo, en los pecados. Aunque dar cuenta aquí causaría muy mal efecto. A propósito: confesar las cosas más diversas en un mullido asiento —también vale, hasta cierto punto, un sillón— es un verdadero desahogo. Las sombras se cernían sobre mi rostro de viajero que miraba con ojos altivos. Ay, si hubieran visto el aspecto de un servidor: parecía a la vez un sinvergüenza y un hombre profundamente resignado. Quien se prodiga mucho o poco se pone sin quererlo una especie de máscara de mármol, como si no permitiera que nadie, ni siquiera él mismo, pudiera penetrarlo. Así que, sentado en el tren, podía oír cantar a mi propio ser. A última hora me tomé una buena sopa. ¿Y ahora? Ahora pongo todo eso por escrito. No me van a temblar las manos. Tengo el espíritu tranquilo y elevado. Y ahora resulta que la gente lee esto. Gente que no he visto nunca nunca nunca y que vive aquí o allá presta ahora atención a estas líneas que sin duda merecen ser leídas y que a mí me reportan unos emolumentos que me dejo en el cabaret.

No hace mucho estaba yo con Maximilian Harden y Walther Rathenau en el zoo de Berlín, y recuerdo con pelos y señales, pese a mi mala memoria, que en el fondo es una memoria excelente, que estuvimos hablando del Simplizissimus. Es curioso que de eso haga poco tiempo. Una noche hice una broma de mal gusto sobre Holitscher. La mujer de Paul Cassirer consideró que era feo por mi parte. En el fondo, claro está, tampoco a mí me pareció bonito.

Deberíamos burlarnos siempre sólo de nosotros, nunca de los demás. ¿Por qué le toleramos tan poco al resto de la gente? ¡Oh vida llena de flaquezas, pobre y rica, finita e infinita! Otro gallo cantaría si, pese a causar un disgusto, ofreciéramos siempre nuestra mano al disgustado. (Para quien se fortalece y debilita a la vez,/ para aquel cuya alma alcanza el despertar,/ la tarea más difícil es coser y cantar.) Pues en eso consiste precisamente el arte: en convertir la necesidad en una ventaja. ¡Transformación, cuántas posibilidades albergas!


A los dos les palpitaba el corazón

A los dos les palpitaba el corazón, aunque quizá no precisamente de pasión. En vano se hacían toda suerte de reproches. Ella, tan tierna, le reprochaba a él, no menos tierno, su falta de ternura. Hasta yo tartamudeo al describir el tartamudeo de él, por el que ella ponía siempre cara de disgusto. Sin embargo, estaba mucho más disgustada por culpa de su disgusto que por culpa de él. Por lo demás, no sé, no tengo la menor idea de si se trata sólo de una frase o es poesía meditada y trufada de citas. Si pienso en cómo empalidecían estos amantes al encontrarse el uno frente al otro, me convierto en una suerte de rosa blanca, que exhala la virtuosa y mortal falta de perfume. Temblaban en la dulzura de cuanto era reprobable, o, mejor dicho, habría sido imposible censurarlos desde cualquier punto de vista; además, hubieran muerto satisfechos, se los podría haber atado con facilidad y arrojado juntos a un lago, tal era el grado de resignación que habían alcanzado. Eran almas gemelas, estaban juntos como dos suaves mejillas en un rostro. No sé por qué él no la saludaba nunca por la calle, ni si ella se lo tomaba a mal, no creo, pues cuando lo veía no pensaba en nada, y tampoco él cuando la veía a ella, se miraban y punto, y cómo se comportaban no tiene en el fondo mucha importancia. Sólo les puedo decir que tenían miedo a besarse y que no les faltaban motivos para ello, de modo que no necesitaban buscar con lupa una causa. Cuando él le rozaba las puntas de los dedos, ella sentía un placer y una emoción tan grandes que tenía que sentarse en una silla. Con su mirada llena de felicidad, él la había convertido en su glorieta, abanicada por los perfumes de la primavera. A ella eso le gustaba, pero le pidió que tuviera en cuenta qué iba a pensar la gente de ella si la veía ponerse la mano en el pecho con un gesto de entrega, como hacía para sofocar la alegría que le provocaba sentirse objeto de los divinos deseos de él y de la que parecía que iba a reventar. Por lo que puedo contar, una vez estuvieron mucho tiempo sin verse, más o menos medio año. Él se había escondido de ella para poder abrazarla con más ganas, lo que, en su opinión, y según la orientación algo rara de sus principios, sólo podía realizarse tras una larga ausencia, y apenas se le ocurrió pensar en qué es lo que podía mientras tanto pensar ella de él, aunque no se equivocó al decirse que ella nada se diría y que seguiría guardándole cariño. Su corazón seguía siendo suyo, y es más que probable que ella lo supiera. Les debo todavía una explicación acerca del beso que se dieron, aunque lo cierto es que me da mucho apuro librarme de la deuda y ofrecerles una descripción. A las cosas más bellas no les gusta demasiado ajustarse a las palabras, y sin embargo creo que podré decirlo. Se habían hecho tanto daño que les parecía casi imposible soportar los esfuerzos que debían hacer para lograr un poco de intimidad. Por cierto que he vuelto a escaquearme de tratar tan hermoso asunto para hacer lo que más me apetece —divagar en la maleza de las nimiedades—, y por poco vuelvo a olvidar de qué quería hablar. No me pidáis que os reproduzca a todo color los encantadores ojos de ella. Vivía en una guarida que acabó transformando en una dehesa, en un aromático jardín. Cuando una esclava adopta maneras de reina... Pero me detengo, pues me acabo de sorprender a punto de decir algo trivial, todos tenemos nuestro orgullo y nos sentimos también en cierto modo humillados. En fin, que ella no era ninguna excepción. Se perdieron el uno al otro, pero ¿qué significa “perderse el uno al otro?” cuando se trata de dos personas que se quieren de verdad. Sólo se perderían si dejaran de quererse, pero esto último no ocurrirá nunca. Si lo hubierais visto llorar por ella, qué hermoso estaba, como un muchacho que adora a su madre, como un niño que tiende la mano tímidamente, y la dicha por ese dolor maravilloso, y las ganas que tenía de acariciarla con ese dolor, cómo le lavó los pies con sus lágrimas, que a él le parecían deliciosas, y la alegría de mirar luego a la gente con los ojos brillantes, húmedos. Ella era tan hermosa como tímida. Algunas ya tienen a quién parecerse.


Excusas baratas

¡Ah, qué mala es la gente, qué pocilga llena de excusas el corazón humano! Las excusas baratas son extraordinariamente rápidas, y en esta rapidez se adivina algo tremendamente perezoso. Mientras hago estas declaraciones, que bien podrían ser las más sinceras que haya hecho jamás, como chocolate. Quien no es laborioso necesita de las más hermosas excusas baratas para ocultar su desgana. Una buena excusa barata es como una fortaleza. Los fundamentos no son ni de lejos tan sólidos como lo que uno no precisa justificar si alega con notable habilidad excusas baratas. Una buena excusa es un acorazado, no les aconsejo que se enfrenten a ella. Sí, el alma humana es una caja llena de maldad. Quién lo iba reconocer con más desparpajo e intensidad que el autor de estas líneas, venerado en todas partes. Lo adoran porque es un gran amante de la verdad y siempre tiene a mano alguna que otra excusa. Dar una buena excusa de esas que testimonian sangre fría ante un auditorio es tan oportuno como hacerlo ante una sola persona o personaje, como, por ejemplo, ante unos amigos a los que aprecias. El cemento no presenta ya tanta dureza como ciertas disculpas que suenan muy suaves. Ante una disculpa no hay nada que hacer porque nos parece un gesto amable. Sólo los bellacos se disculpan, afirmo. Ah, eso es terrible, ¡y me duele el corazón! Me sangra el alma porque la tengo llena de excusas, ¿y qué son las excusas sino asesinos que atacan por la espalda? Gracias a Dios hay más gente que tiene el alma atestada de excusas baratas; si no, no me atrevería ya ni a mirar el sol. Pero, mientras digo todo esto, ¿no estoy utilizando otra vez la más encantadora de las excusas? ¿Hasta qué punto no me acuso, empeñado como estoy en disculparme, en lugar de considerarme el único pecador de este mundo y desahogarme con esta alegre y generosa confesión? ¿Por qué no he ido todavía a ver a mi amada para decirle lo mucho que la quiero? No he ido porque temía que mis confesiones pudieran dañarla. Tiene una salud muy delicada. ¿Ven, señoras y señores, qué otra excusa tan maravillosa, tierna y sin lugar a dudas también barata? Por culpa de eso me sangra el corazón. En realidad, mi alma sangra por el resto de almas sangrantes que se avergüenzan de todas sus excusas y disculpas. Yo me avergüenzo de estar sensiblemente preocupado, lo que no vuelve a ser sino una excusa perfecta, redonda como una bola, de la que debería huir, pero no lo haré porque me encanta. Todos los que emplean excusas baratas se ríen de ellas, sí, pero les encantan. De modo que nos alegramos por nuestra maldad. ¡Oh, Dios! ¡Qué clase de criaturas tan lamentables somos! Aunque, bien mirado, tampoco está tan mal que sea así, ¿no? Me quejo tanto de mí como de los demás. He llegado lejos, muy lejos en el arte de presentar disculpas y de recrearme con la consiguiente y rápida excusa. Sin embargo, todos tenemos nuestros defectos, eso es algo que me consuela, ya que el consuelo va siempre tapizado de nuevo ingenio. Una cosa sí sé: las excusas baratas nos hacen interesantes, de ahí que sean sencillamente un tesoro.


El bosque de Díaz

En un bosque pintado por el francés Narcisse Virgile Díaz de la Peña (1807-1876) aparecían una madrecita y un niño. Estaban más o menos a una hora de camino del pueblo. Nudosos, los troncos de los árboles hablaban la lengua de un mundo arcaico. La madre dijo al hijo: “Creo que no deberías pegarte tanto a mis faldas. Como si yo estuviera sólo para ti. Tontito, ¿en qué estás pensando? A ti, pequeñín, te gustaría que los grandes dependieran de ti. Ay, qué tontería. Es hora de que en tu cabeza de chorlito entre un poco de reflexión, y para que eso suceda te voy a dejar solo. Ahora mismo dejarás de agarrarte a mí con tus manitas, asqueroso, pesado. Tengo motivos para estar enfadada contigo, y creo que lo estoy de verdad. Al fin y al cabo, a ti hay que hablarte en buen romance, porque, si no, serás toda tu vida un niño desvalido y de penderás constantemente de tu madre. Para saber cuánto me amas, tendrás que depender de ti mismo, ir a casa de extraños y servirles, y durante un año, o dos, o incluso más tiempo, no oirás más que palabras duras. Sólo entonces sabrás lo que he sido para ti. Si no me separo de ti, no podrás conocerme. Sí, hijito, no te esfuerzas, no tienes ni idea de qué es el esfuerzo, por no hablar de la ternura, ingrato. Tenerme siempre te convierte en un lerdo. Entonces no piensas siquiera un minuto, y eso es precisamente la lerdez. Deberías trabajar, hijo mío, y serás capaz de ello, si quieres, y no tendrás más remedio que quererlo. Tan cierto como que estoy aquí contigo en el bosque que pintó Díaz, deberás ganarte la vida con el sudor de tu frente para que en tu interior no termines convirtiéndote en un degenerado. Muchos niños se embrutecen porque se los ha mimado demasiado y nunca piensan ni aprendieron a pensar. Más tarde se convierten en damas y caballeros aparentemente hermosos y distinguidos, pero siguen siendo egoístas. Para protegerte de eso, para librarte de la crueldad y para que no te entregues a la estupidez, te trato rudamente, pues un trato demasiado esmerado no produce más que personas inconscientes y desconsideradas”. Al oír el discurso, el niño abrió los ojos lleno de espanto y se puso a temblar, y otro temblor recorrió las hojas del bosque de Díaz, pero los troncos, robustos, aguantaron. El follaje que había en el suelo murmuró: “Parece que lo que hay en este pequeño relato es muy sencillo, pero hay épocas en las que todo cuanto es sencillo y fácil de comprender escapa totalmente a la razón humana y por ello se entiende sólo con mucho esfuerzo”. Eso es lo que murmuró el follaje. La madre se había ido. El niño estaba solo. Le esperaba la tarea de orientarse en el mundo, que también es un bosque, de aprender a tener una mala opinión de sí mismo y de quitarse de encima la autocomplacencia para empezar a complacer.


Fue en aquella época, oh, en aquella época

Fue en aquella época, oh, en aquella época, cuando yo pasaba unos días soleados, jóvenes, estúpidos, anodinos y despreocupados en la pequeña ciudad de Thun, célebre por sus hermosos paisajes. Esa realidad montañesa, y luego de nuevo esa habitación vieja y oscura en la que, por así decirlo, me escondía. ¿Me escondía? ¿Por qué digo eso? No tiene ningún sentido. De momento lo digo así, sin más, y luego ya veremos si vuelvo sobre ello. ¿Y ahora qué? Ajá, ese resplandor. Sí, sí, esa dulce música como de violines, esa pieza de Viena, como quien dice medio muerta, olvidada. Sí, sí, eso es. Por lo demás, es probable que luego hable de eso con todo lujo de detalles. Será un placer volver a hacer hincapié, ya lo creo, en ese resplandor. Ahora, antes que nada, bueno, cómo decirlo en dos palabras, estábamos en la pequeña ciudad de Thun, en la que me escondía, en cierto modo, como discreto empleado de una caja de ahorros. Fue en aquella época, oh, en aquella época, cuando, en un majestuoso arrebato, le escribí a un hombre sumamente culto estas palabras: “¡Se lo ordeno!”. Fue una locura, sin duda. Pero ¿para qué se es joven, si no es para comportarse más o menos como un loco? Espero que me comprendan y recuerdo de nuevo ahora a esa dama altiva que vi hace poco en una película y que me emocionó maravillosamente con su vestido de amazona, tan ceñido. Jugueteaba con su fusta y parecía despreocupada y muy muy desdichada. Ah, qué impresión tan profunda e imborrable ejerció esa imagen sobre mí. Soy incapaz de describirla como se merece. Y en aquella época, en Thun, recibí una carta de un hombre en apariencia amable, y este hombre —puede que más tarde hable abundantemente de él— le hacía de lector a esa dama altiva que miraba a la vida sin ataduras, y ese lector editaba de hecho en aquellos días, que me siento con derecho a calificar de radiantes, una revista, una suerte de magazín en el que se publicaron unos poemas que por entonces se me ocurrieron de modo totalmente espontáneo, sin muchas ceremonias, sin pedir la conveniente autorización al respecto, saliendo de mí sin más, sobre lo cual me extenderé luego, si puedo, con más detalle. El vestido de la dama altiva me pareció de terciopelo, y así lo era en efecto, y todo su entorno se batía en duelo por ella. Inspiraba a todo el mundo un profundo respeto, y acariciaba con sus maravillosas manos perros delgados, blancos como la nieve, apacibles, y de esta manera erraba por las alturas de su vida sin hallar el camino, y yo estaba allí sentado y debía contemplar todo eso y pensaba en Thun, y luego ella se ponía a practicar esgrima con sus zapatos de tacón, y luego se presentaba alguien que quería hablar con ella. Puedo decir que la película me cautivó. Claro que me gustaría hablar de eso aún con más detenimiento, pero de momento me doy por satisfecho y les pido que lo estén ustedes también, pues en unos tiempos tan difíciles como los nuestros es absolutamente necesario que todos seamos educados, cariñosos y afables, igual que antaño lo fue Goethe, después de todo. Oh, qué orgulloso estoy de esta pequeña expresión, “después de todo”, no puedo ni decir cuánto. La señora, me refiero a esa que en la película mandaba y brillaba con grandeza, no encontraba en ningún lugar paz verdadera. De modo que estaba muy desasosegada.

¿Entienden ustedes ahora el alcance de mis palabras? En particular estaba insatisfecha con su matrimonio y buscaba, cómo no, consolarse de esa situación. Aunque, si lo logró o no, ¿quién puede saberlo? ¡Oh, qué sombrero tan majestuoso y triste llevaba! Viajaba con frecuencia. Su pobre esposo se quedaba en casa, sentado, la cabeza apoyada en las manos, y se sentía solo. Y también yo estaba sentado en la sala de proyecciones. Puede que vuelva sobre ese estar sentado, si ustedes me lo permiten. Les juzgo lo suficientemente indulgentes para hacerlo. Es tan simpático, tan extraordinariamente agradable tener una buena opinión de la gente. Trato de procurarme este placer tan a menudo como puedo, y en el fondo lo consigo casi siempre, motivo por el cual la gente me envidia muchísimo, quiero decir: a millones. Me envidio esta envidiabilidad. ¿Entienden lo que quiero decir? Y volvamos ahora a ese lector al cual he dicho que volvería llegado el caso. Me pregunto cómo se llama. Puede que aún viva, y podría molestarle que dijera su nombre. Hay que andar con cuidado para no ofender a nadie. Este es uno de nuestros deberes más nobles y elevados. Puede que esa que estaba en lo más alto de la existencia leyera de vez en cuando poesía, etc. O quizás también pintara. Lo cierto es que tenía una serie de castillos idílicamente situados y, no obstante, siempre parecía como si le faltara algo. De eso hablaremos quizás más adelante. ¿Les parece bien este género de ensayo que no avanza, verdad? ¿Les gusta? Ciertamente, lo que es yo, creo en la discreción a raudales. Estoy completamente aturdido por mi obra, dulcemente agobiado; creo que es algo hermoso. Nuestra inseguridad nos confiere calma, y la seguridad, es decir, la determinación, nos da a menudo motivos para estar inseguros. Y así me gustaría creer que os he dado una idea suficiente de mi respeto por esa mujer tan respetable que mantenía a un lector que, una vez, hace muchos años, me escribió una carta extremadamente amable y al que no nombraré por delicadeza, lo cual ya he señalado humildemente y lo digo de nuevo porque no es baladí, pues también ustedes, sin duda, creerán que es oportuno que nos respetemos unos a otros y considerarán este respeto como algo precioso e importante. Entretanto, adiós. Me llaman a la mesa.


sábado, 5 de agosto de 2017

El idiota






No pude convertirme en nada: ni en
bueno ni en malo, ni en un sinvergüenza
ni en un hombre honesto, ni en héroe ni
en insecto. Y ahora estoy alargando mis
días en mi esquina, torturándome con el
amargo e inútil consuelo de que un
hombre inteligente no puede convertirse
seriamente en nada; de que tan sólo un
idiota puede convertirse en algo.


lunes, 3 de julio de 2017

Lunes de Kafka








“Estoy en la oficina sentado frente a la puerta del director. El director no está, pero no me asombraría nada que entrara por esa puerta y me dijera: ‘Tampoco a mí me gusta usted, por tanto queda despedido’. ‘Gracias’, le diría yo, ‘necesitaba tanto este despido para poder viajar hacia ella’. ‘Ajá’, diría él, ‘ahora vuelve a gustarme y retiro lo dicho’. ‘Ah’, diría yo, ‘entonces me quedo como antes, sin poder viajar’. ‘Ah, sí’, diría él, ‘porque ahora vuelve a no gustarme y lo despido’. Y así seguiría infinitamente”.

martes, 13 de junio de 2017

Marriage, Gregory Corso









Should I get married? Should I be good?
Astound the girl next door with my velvet suit and faustus hood?
Don't take her to movies but to cemeteries
tell all about werewolf bathtubs and forked clarinets
then desire her and kiss her and all the preliminaries
and she going just so far and I understanding why
not getting angry saying You must feel! It's beautiful to feel!
Instead take her in my arms lean against an old crooked tombstone
and woo her the entire night the constellations in the sky-

When she introduces me to her parents
back straightened, hair finally combed, strangled by a tie,
should I sit with my knees together on their 3rd degree sofa
and not ask Where's the bathroom?
How else to feel other than I am,
often thinking Flash Gordon soap-
O how terrible it must be for a young man
seated before a family and the family thinking
We never saw him before! He wants our Mary Lou!
After tea and homemade cookies they ask What do you do for a living?

Should I tell them? Would they like me then?
Say All right get married, we're losing a daughter
but we're gaining a son-
And should I then ask Where's the bathroom?

O God, and the wedding! All her family and her friends
and only a handful of mine all scroungy and bearded
just wait to get at the drinks and food-
And the priest! he looking at me as if I masturbated
asking me Do you take this woman for your lawful wedded wife?
And I trembling what to say say Pie Glue!
I kiss the bride all those corny men slapping me on the back
She's all yours, boy! Ha-ha-ha!
And in their eyes you could see some obscene honeymoon going on-
Then all that absurd rice and clanky cans and shoes
Niagara Falls! Hordes of us! Husbands! Wives! Flowers! Chocolates!
All streaming into cozy hotels
All going to do the same thing tonight
The indifferent clerk he knowing what was going to happen
The lobby zombies they knowing what
The whistling elevator man he knowing
Everybody knowing! I'd almost be inclined not to do anything!
Stay up all night! Stare that hotel clerk in the eye!
Screaming: I deny honeymoon! I deny honeymoon!
running rampant into those almost climactic suites
yelling Radio belly! Cat shovel!
O I'd live in Niagara forever! in a dark cave beneath the Falls
I'd sit there the Mad Honeymooner
devising ways to break marriages, a scourge of bigamy
a saint of divorce-

But I should get married I should be good
How nice it'd be to come home to her
and sit by the fireplace and she in the kitchen
aproned young and lovely wanting my baby
and so happy about me she burns the roast beef
and comes crying to me and I get up from my big papa chair
saying Christmas teeth! Radiant brains! Apple deaf!
God what a husband I'd make! Yes, I should get married!
So much to do! Like sneaking into Mr Jones' house late at night
and cover his golf clubs with 1920 Norwegian books
Like hanging a picture of Rimbaud on the lawnmower
like pasting Tannu Tuva postage stamps all over the picket fence
like when Mrs Kindhead comes to collect for the Community Chest
grab her and tell her There are unfavorable omens in the sky!
And when the mayor comes to get my vote tell him
When are you going to stop people killing whales!
And when the milkman comes leave him a note in the bottle
Penguin dust, bring me penguin dust, I want penguin dust-

Yes if I should get married and it's Connecticut and snow
and she gives birth to a child and I am sleepless, worn,
up for nights, head bowed against a quiet window, the past behind me,
finding myself in the most common of situations a trembling man
knowledged with responsibility not twig-smear nor Roman coin soup-
O what would that be like!
Surely I'd give it for a nipple a rubber Tacitus
For a rattle a bag of broken Bach records
Tack Della Francesca all over its crib
Sew the Greek alphabet on its bib
And build for its playpen a roofless Parthenon

No, I doubt I'd be that kind of father
Not rural not snow no quiet window
but hot smelly tight New York City
seven flights up, roaches and rats in the walls
a fat Reichian wife screeching over potatoes Get a job!
And five nose running brats in love with Batman
And the neighbors all toothless and dry haired
like those hag masses of the 18th century
all wanting to come in and watch TV
The landlord wants his rent
Grocery store Blue Cross Gas & Electric Knights of Columbus
impossible to lie back and dream Telephone snow, ghost parking-
No! I should not get married! I should never get married!
But-imagine if I were married to a beautiful sophisticated woman
tall and pale wearing an elegant black dress and long black gloves
holding a cigarette holder in one hand and a highball in the other
and we lived high up in a penthouse with a huge window
from which we could see all of New York and even farther on clearer days
No, can't imagine myself married to that pleasant prison dream-

O but what about love? I forget love
not that I am incapable of love
It's just that I see love as odd as wearing shoes-
I never wanted to marry a girl who was like my mother
And Ingrid Bergman was always impossible
And there's maybe a girl now but she's already married
And I don't like men and-
But there's got to be somebody!
Because what if I'm 60 years old and not married,
all alone in a furnished room with pee stains on my underwear
and everybody else is married! All the universe married but me!

Ah, yet well I know that were a woman possible as I am possible
then marriage would be possible-
Like SHE in her lonely alien gaud waiting her Egyptian lover
so i wait-bereft of 2,000 years and the bath of life.