sábado, 16 de noviembre de 2019

Cena un jueves por la noche

Después de cenar arroz con curry, el mesero me trajo una galleta de la fortuna. La abrí. Vas a morir solo como una rata, decía el mensaje dentro de ella. Los chinos me odian. Dios me odia. El Dios chino me odia y el Jesucristo chino definitivamente odia mis tripas.
Pagué la cuenta y salí. Camino a casa pensé en el Jesucristo chino. Clavado en la cruz, con sus heridas laceradas, su corona de espinas, sudor y sangre recorriendo su sien. Sus ojos rasgados, su piel amarilla.
Muriendo solo como una rata.
Llegué a mi casa y me quedé dormido.

martes, 22 de mayo de 2018

Un cúmulo de cosas trilladas y banales




las ramas se mueven
las hojas caen
el árbol es eterno

el perro sigue su cola
el gato sonríe
el pájaro canta

la jauría corre
la jauria juega
un perro solitario mira

como una mandarina
del árbol de mi abuela
estaba amarga

el viejo televisor
lleva meses apagado
mi negro reflejo (deforme)

en la sala
la pintura de un bosque
siempre es otoño

el nacimiento incompleto
la virgen rota
el niño dios perdido

repeticiones en televisión
el chavo golpea a don ramón
ambos están muertos

abuela está muerta
herede su casa, jardín y perra
el silencio

grietas en las paredes
flores secas y perra enferma
no sé cómo llorar

solo guardar silencio

en el patio
hormigas arrastran
un escarabajo

escribo porque no sé llorar
mi abuela no sabía de poesía
yo tampoco


guardar silencio
las hojas golpean el suelo
guardar silencio

silencio

domingo, 15 de abril de 2018

Her dying words were, “No pain.” Those are good dying words. It was cancer that killed her





“My sister smoked too much. My father smoked too much. My mother smoked too much. I smoke too much. My brother used to smoke too much, and then he gave it up, which was a miracle on the order of the loaves and fishes.





And one time a pretty girl came up to me at a cocktail party, and she asked me, ‘What are you doing these days?’
‘I am committing suicide by cigarette,’ I replied.
She thought that was reasonably funny. I didn't. I thought it was hideous that I should scorn life that much, sucking away on cancer sticks. My brand is Pall Mall. The authentic suicides ask for Pall Malls. The dilettantes ask for Pell Mells.

The public health authorities never mention the main reason many Americans have for smoking heavily, which is that smoking is a fairly sure, fairly honorable form of suicide.

“Here's the news: I am going to sue the Brown & Williamson Tobacco Company, manufacturers of Pall Mall cigarettes, for a billion bucks! Starting when I was only twelve years old, I have never chain-smoked anything but unfiltered Pall Malls. And for many years now, right on the package, Brown & Williamson have promised to kill me. But I am eighty-two. Thanks a lot, you dirty rats. The last thing I ever wanted was to be alive when the three most powerful people on the whole planet would be named Bush, Dick and Colon.”


Vonnegut died two years later of a head injury unrelated to tobacco. So it goes.



martes, 20 de marzo de 2018

Gallina





La gallina esta sobre el gris pavimento, a la orilla, mirada firme sobre la carretera. Autos pasan a gran velocidad por el periférico. Autos compactos, camionetas, autobuses, camiones de carga y motocicletas llevan conductores y  pasajeros ávidos, apurados, deseosos de llegar a sus trabajos, escuela, casa o cualquier lugar que no sea ese, circulando un periférico en hora pico. No hay tiempo para nada, no hay tiempo para reflexionar las elecciones que te llevaron hasta este momento donde avanzas apresuradamente por la carretera en tu automóvil que aun estas pagando, ese automóvil símbolo de tu estatus, de tu valía ante los ojos de los otros. Los otros y sus ojos, siempre acechando en todo lugar, entre las sombras, siempre sonrientes. Amenazando tu cordura, tu tranquilidad apenas sales del confort y seguridad de tu hogar. Ahí están ellos, sacando la basura, paseando al perro, agitando manos y sonrientes, con esos ojos brillosos y muertos. Ojos que no tienen tiempo para observar por la ventana la inquietud absoluta de lo mundano. Si despegaras la vista un momento del camino o de la pantalla de tu celular y observaras por la ventanilla, ahí la verías: una gallina sobre el gris pavimento. Una gallina negra sobre el gris pavimento.
El caucho de las llantas quema sobre la grava, la fricción crea un sonido  que armoniza con el de los vehículos cortando el aire. Ocasionalmente la música emana de los estéreos. Un claxon pita y es repetido al unísono. Alguien grita y golpea enfurecido el volante; alguien más le responde. Otro los observa un par de segundos y regresa a escribir con una mano un mensaje en su teléfono móvil. Hay quien canta en su auto, hay quien hurga su nariz o se muerde las uñas. Nadie observa por la ventanilla a la gallina negra sobre el gris pavimento.
Una gallina esta sobre el gris pavimento. Una gallina negra. Una gallina negra sobre el gris pavimento. La gallina sale de su meditación iluminada por la certeza de que su Yo es indestructible, sustancia integral de la existencia universal, por lo tanto, en el supuesto imposible de que desapareciera, el universo mismo iniciaría un proceso encadenado de aniquilación. Kaput. El tiempo y el espacio llegarían a su fin. Por consiguiente, en total calma, la gallina negra avanza para cruzar el camino. Sin titubear coloca la primer pata sobre el asfalto, infla el pecho, oscuro, rebosante y prosigue con la siguiente pata, firme en la grava. El valor de un guerrero se mide por su arrojo, su bravura ante la terrible adversidad. El guerrero no duda, no hay temor en su corazón. La gallina no duda, la gallina no teme. No lleva más de media docena de pasos nuestra afable heroína cuando llega la primera prueba: un bólido motorizado queda a centímetros de arrollarla. No parpadea, no da paso atrás. No duda, no teme. El ave gira sobre su propio eje, toma impulso y aletea para sobrevolar el piso un par de metros. Al descender una destartalada camioneta que transporta repollos viejos está a punto de impactarla pero la gallina no lo piensa dos veces y repite la misma maniobra evasiva, extiende sus majestuosas alas negras, ganando así otro par de metros. Un bocho está a unos cuantos metros de aplastarla, avanza lo más rápido que su gastado motor se lo permite. Gallina lo escucha, siente la vibración del suelo caliente bajo sus garras. Lo observa acercarse, no hay temor en sus ojos, menos cuando se tiene un destino ya marcado, menos cuando el cosmos juega a tu favor porque son uno mismo cruzando esta carretera. Esquiva a su ridículo adversario con pasmosa gracia. Sus movimientos son armónicos, coreográficos. Danza en esta pista de asfalto como núbil bailarina para deleite de zar en la antigua Rusia. Naves conducidas por necios, ciegos y desquiciados avanzan rápidamente pero son burlados con facilidad por esta noble ave. Es casi una pena que nadie presencie el magnánimo espectáculo, todos en sus naves muy ocupados con las gallinas que se traen en la propia cabeza. Ni un espectador para nuestra pobre gallinita. No que lo necesite, la propia acción es la recompensa. El saberse libre. El probar sus mismos limites; extenderlos. He ahí la satisfacción plena.
O pero queden atentos, no todo es felicidad y verbena, un grupo de motociclistas se acerca a toda velocidad, y se trata de la peor clase de seres motorizados: cobradores, mensajeros y repartidores de pizza. Difuntos en vida, traen a Moloch mismo habitando sus ojos muertos; la lengua negra de fuera y enseñando los colmillos corroídos por una alimentación a base de frituras, gaseosa y cigarros ligeros de caja blanda. Es en este momento cuando gallina siente la fría cuchilla de la duda recorrer su espina. Se sabe en peligro. Levanta la vista, el sol cala en su mirar. Recorre el cielo buscando algo, una señal, que se abran las nubes y aparezca la mano de Dios con el pulgar arriba en señal de buena voluntad; pero no lo necesita. No necesita señales, milagros o al mismo Dios cuando se tiene voluntad, cuando se tiene un destino, y ese destino es llegar al otro lado del camino. Las burdas bestias están prácticamente sobre ella, jadeantes y hediondos. En perfecta parsimonia gallina da paso adelante y paso atrás; a un lado y al otro. Como baile de cuadrilla en pedestre orgia de borrachos en granero. Conoce tu cuerpo y sus movimientos. Estúdialo, disciplínalo. Que el baile sea una expresión de tu ser cuando te mueves por la autopista. Ráfagas de viento y el tosco rugir de los motores la atacan por ambos flancos, pero esta inmutable, concentrada en controlar cada fibra de su cuerpo en gloriosa coreografía hasta liberarse del embate de fierro, caucho y gasolina, terminando su interpretación con una reverencia en mitad de la autopista. Pero apenas deja atrás a la pérfida jauría cuando un autobús escolar le pasa por encima. Se salva de milagro gracias al tamaño de semejante monstruo y que alcanzo a bajar la mollera. Se ha confiado. La apabullante victoria sobre los gandules en motocicleta la colmo de soberbia. Un error. Esto no debe pasar. Menos ser derrotado por tan lamentable monstruosidad repleta de diabólicos duendes babeantes, enloquecidos por el azúcar. Aprender de la falla y rectificar. Ese es el camino a seguir por el guerrero. Voluntad absoluta. Al acercarse a paso firme un auto compacto de modelo reciente y color chillante, conducido por una anémica estudiante de posgrado en amplias gafas, da un paso atrás, toma impulso y se eleva ante el sol como pájaro de fuego. Vuela, contra toda posibilidad física vuela, se eleva varios metros sobre la tierra hasta llegar a solo unos cuantos pasos de la orilla. No hay limitantes lógicos para una gallina con destino. Y he aquí a esta gallina, contemplando tan de cerca el otro lado del camino. El sabor de la victoria le empieza a subir por el gaznate, hasta llegar a la lengua, revolotear adentro del pico, hasta casi disfrutarlo. Dejarse seducir por el dulce canto de la victoria, dejarse mecer por sus cálido torrente de miel; pero no hay sabor más amargo que el del triunfo prematuro, el de creerse ganador antes de tiempo, cuando aún no se lo es, antes de merecerlo.
Una gallina esta sobre la autopista. Una gallina negra a un metro del gris pavimento. Cruza bollas amarillas que se encuentran en su camino. Asfalto pintado de azul. Esta sobre la ciclo vía. Una llanta rodada a 30 pulgadas aplasta por la mitad a su robusto cuerpo. Deja escapar un seco y lastimoso cacareo. La llanta trasera pasa sobre ella. Plumas negras se mecen por el aire en toda dirección. El ciclista no se inmuta, no cae en cuenta de lo sucedido. Hombre de mediana edad, administrador de empresas, dejo su empleo como gerente en gran corporación para poner negocio propio de bicicletas. Defensor incansable del ciclismo como transporte alternativo, amistoso con la ecología. Recientemente convertido al vegetarianismo. Hombre consiente. Nuestro deber es cuidar a la madre tierra. En sus audífonos lleva el audiolibro de El camino del guerrero, de Paulo Coelho. El guerrero no duda, no hay temor en su corazón.
Una gallina esta sobre el camino. Una gallina negra yace tan cerca del gris pavimento. Sangre y tripas expandidas por el asfalto pintado de azul de la ciclo vía. Es el fin de la gallina, el fin del universo. Yace la mirada fija al otro lado del camino.

sábado, 17 de marzo de 2018

Ahí estábamos, por irnos y no.


Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí
—Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión.
   El Sol era un perro de lengua caliente y seca que me lamía, me lamía, hasta despertarme.

Europa, nieve, mujeres aseadas porque no transpiran con exceso y habitan casas pulidas donde ningún piso es de tierra. Cuerpos sin ropas en aposentos caldeados, con lumbre y alfombras. Rusia, las princesas… Y yo ahí, sin unos labios para mis labios, en un país que infinidad de francesas y de rusas, que infinidad de personas en el mundo jamás oyeron mentar; yo ahí, consumido por la necesidad de amar, sin que millones y millones de mujeres y de hombres como yo pudiesen imaginar que yo vivía, que había un tal Diego de Zama, o un hombre sin nombre con unas manos poderosas para capturar la cabeza de una muchacha y morderla hasta hacerle sangre.